domingo, 4 de noviembre de 2018






EL MAS ALLÁ

Era un día de otoño en el pueblo de Santa Lucia. Repicaban las campanas como siempre lo hacían cuando una persona de alta jerarquía moría, esta vez le tocaba el turno al médico del pueblo el Dr. Gerardo Cifuentes.

Todos los vecinos comentaba lo pronto que se había marchado, era tan joven y guapo nadie entendía porque la muerte lo había visitado, si radiante de vida lucia.

No aparentaba tener algún síntoma de enfermedad. Al menos los amigos más cercanos no sabían de alguna sintomatología que tuviera aquel joven doctor.

Las vecinas comentaban – ayer lo vi, tan guapo como siempre. Que daba gusto mirarlo.
Otra decía – Si- paseaba por el pueblo tan tranquilo como él era.

Todo el pueblo intrigado, comentaba lo que había pasado, porque tan joven la muerte lo había visitado. Y nada peor pudo haber sucedido en plena víspera del día de los muertos. Todo coincidía la muerte y su día.

Los vecinos fueron a sus casas para arreglarse y ponerse la ropa más elegante, para asistir al funeral, la que usaban los domingos en misa. Como siempre ocurría en fecha tan solemne.

Además, a ese pobre doctor todos lo querían, desde muy joven fue a Ciudad de México a estudiar y su familia hizo tanto esfuerzo para que ese joven culminara sus estudios. Convirtiéndose en la esperanza de sus padres.

Ahora al verlo muerto y sin vida yacía en su féretro. Con su flux de los domingos y su corbatín que relucía de tantas lagrimas derramada por su madre al verlo allí en su ataúd de madera fina.

Ya en la Iglesia no cabía un alma más, solo faltaba la bendición del párroco para sacar el féretro para llevarlo a enterrar. Cuando de pronto y de forma inesperada se cierran las puertas de la Iglesia, los asistentes solo sentían ráfagas de viento y todos contenían la respiración, oyen un grito entre la multitud. Aparece el espíritu de la muerte con su guadaña, solo alcanzaban a mirar el resplandor de la horca que a todos amenazaba con descabezar. Simplemente buscaba almas para llevarse al más allá.

Todos corrieron despavoridos buscando para esconderse, hasta el cura de la iglesia salto del púlpito y se escondió debajo del altar, pensando que el Señor Jesucristo lo podía salvar en ese momento de angustia y de tanto malestar que ocasiono ese fantasma que agitaba sus brazos y aullaba como un lobo y sus sonidos eran tan fuertes cuando estaba invocando al reino del más allá.

Delante de todos, la muerte con su habilidad se inclina sobre el pecho del párroco y sin darle tiempo a escapar de un solo zarpazo, lo guindó del santuario, colgándolo en la cruz con la cabeza casi desprendida y cayendo hasta el suelo un hilo de sangre que brotaba sin parar.

Los vecinos se desmayaban, otros gritaban, otros lloraban. El aliento les faltaba el corazón les palpitaba, temían que de un momento a otro el corazón le saldría por la boca. Solo era el asombro lo que se podía respirar. Ver ese demonio que revoloteaba de un lugar a otro sin parar. Sin saber en que momento a ellos les podía tocar. 

Olores nauseabundos comenzaron a surgir de la boca de ese espanto que ellos acababan de visualizar. 

Algunos corrieron hacia el portón principal, pero de pronto la muerte mira a los que van para allá y de forma violenta nuevamente vuelve atacar, esta vez directo al cuello de los hombres y sus cabezas volaron fuera de sus hombros y la puerta pintada con su sangre había quedado ensalzada.

Que momento tan espantoso, hasta los que estaban vivos en un solo instante pasaron a formar fila y celebrar su día.

Unas vecinas que se habían quedado sin poder entrar debido a la gran multitud que se agolpaba para acompañar al difunto a su última morada, como sintieron tantos gritos se acercaron a la portilla para cuchichear sin saber la sorpresa que se iban a llevar.

De pronto la gente que aun quedaba con vida salió corriendo para poder respirar, de aquel mal momento que tuvieron que pasar.

Su piel y su ropa se encontraban fétidas y lo que pensaban era en bañarse y poder descansar.

Pero de pronto se dan cuenta que mas nadie estaba por allí, solo ellos. Las calles se encontraban desiertas, no reconocían a nadie más.

Poco a poco se van dando cuenta que todos eran difuntos y que solo sus almas podían mirar, y veían con claridad el fantasma que los había atacado con tanta crueldad y que de sus cuerpos poco quedaba ya.

Comenzó el crujir de dientes no sabían para que lugar iban a pasar, si se iban a quedar en este mundo como fantasma o pasaban al dominio del más allá.

Casi de forma inmediata algunos comenzaron a desaparecer, unos veían luces y otros solo veían oscuridad. Cada uno fue escuchando la voz que venía desde ese lugar donde se va a descansar. Unos siguieron la luz y se iban de forma dispuesta. Otros fueron arrebatados de forma violenta y ni su sombra quedo para contar.

Otros espíritus no hicieron caso a ningún llamado, se quedaron deambulando, no querían descansar, ni ir al lugar de las sombras. Prefirieron permanecer en la oscuridad silenciosa de la noche eterna.  Quedándose en aquel pueblo que iba a ser su refugio perpetuo.

Solo dos vecinas quedaron con vida, ellas pudieron ver el macabro espectáculo que ocurrió delante de sus ojos. La muerte no tuvo ningún recato, todo fue visible a plena luz del día.

Velozmente recogieron algunas cosas, no querían quedarse un minuto más.  Se fueron de aquel pueblo para nunca volver atrás.  Tratando de olvidar aquellos sucesos ocurridos con tanta crueldad.

Lejos quedo aquel pueblo alegre y sencillo con su gente humilde y orgullosa de pertenecer a este legado.

Dejando olvidados a una comunidad y a sus ancestros. Para nunca más volver a regresar.

¿Por qué se esto yo?: Porque yo estuve allí, muy afortunada porque lo pude contar.

ESTE CUENTO TIENE LOS DERECHOS RESERVADOS PARA ESCRITORA MIRIAM CHINEA.







EL MAS ALLÁ Era un día de otoño en el pueblo de Santa Lucia. Repicaban las campanas como siempre lo hacían cuando una pers...